Ningún sistema educativo puede desarrollarse con normalidad ni puede
alcanzar objetivos mínimamente satisfactorios si no está estructurado
sobre la base del respeto a la autoridad que los maestros y profesores
deben ejercer naturalmente en el aula; y si no está asociado al
mantenimiento de las normas disciplinarias que deben imperar,
necesariamente, en los establecimientos de enseñanza.
De ahí la honda preocupación que suscitan los graves y reiterados
episodios registrados últimamente en nuestro país, demostrativos de las
dificultades que afronta hoy la educación en la Argentina como
resultado de ese notorio quebrantamiento del principio de autoridad y
del consiguiente estado de caos en que ha derivado, en muchos casos, la
relación entre los docentes y los alumnos. Es imprescindible que como
sociedad tomemos conciencia de las gravísimas consecuencias que puede
llegar a tener para el país este aflojamiento de las estructuras
disciplinarias básicas del sistema de enseñanza.
Uno de los hechos más notorios ha sido, en los últimos días, la
ocupación del edificio del Colegio Nacional de Buenos Aires por un
grupo de alumnos que reclama el derecho de los estudiantes a participar
en el gobierno de ese tradicional establecimiento educativo. Más allá
de las razones que pudieran alegarse en favor de algunas de las
múltiples peticiones interpuestas por los alumnos, salta a la vista que
esa clase de movilizaciones y tomas atentan contra el desenvolvimiento
del ciclo educativo y lesionan las más elementales normas de disciplina
que deben imperar en una institución de esa naturaleza. Las autoridades
del colegio, con buen criterio, aceptaron dialogar con los alumnos y
analizar los reclamos interpuestos, pero con la condición de que
previamente se dejara sin efecto la toma del colegio.
Pero se registraron también en los últimos días otros episodios
alarmantes, difundidos con lujo de detalles por diferentes medios. En
una escuela de Neuquén, un alumno de séptimo grado le asestó una
trompada a su maestra. Como consecuencia de la repudiable agresión, la
docente sufrió una lesión traumática y debió ser atendida en un
hospital.
En un colegio del barrio de Caballito, entretanto, dos alumnos
agredieron a una profesora, no sólo con golpes físicos, sino también
con ofensas y gestos denigratorios, mientras un tercer estudiante
registraba la escena con una cámara filmadora. Los alumnos responsables
recibieron las sanciones correspondientes; dos de ellos fueron
expulsados.
Pero lo grave es que esos desórdenes no son excepcionales, sino que
se producen, en muchos casos, dentro de un contexto generalizado de
violencia y virtual anarquía. Según datos proporcionados por fuentes
oficiales, en las escuelas bonaerenses y porteñas se registra
diariamente un promedio de 156 agresiones físicas entre alumnos,
consumadas dentro de los propios establecimientos educativos.
Por otro lado, y en un contexto diferente, trascendió que en la
provincia de Mendoza se está estudiando la posibilidad de instrumentar
una reforma reglamentaria para que los maestros no puedan calificar a
los alumnos con notas inferiores a los cuatro puntos en el primer
trimestre del ciclo lectivo. El objeto de la proyectada medida es
evitar que los alumnos "se desmoralicen" o "bajen los brazos". La
absurda reglamentación, objetable en sí misma, invita a pensar que el
principio de autoridad en las escuelas está siendo erosionado por muy
diferentes caminos. A la agresión física perpetrada en tantos casos, se
suman propuestas como ésta que insta a otorgar a los alumnos
calificaciones complacientes para evitar que "se desmoralicen". Es
evidente que con este tipo de iniciativas se afecta también,
gravemente, la autoridad de los docentes.
Es imprescindible recomponer el principio de autoridad en todos los
niveles de la actividad educativa. Allí donde esa autoridad no es
respetada, allí donde la disciplina se quebranta diariamente y a la
vista de todos, la educación es siempre la que sale perdiendo. Es
fundamental que se vuelva a instalar en todos los rincones del
territorio nacional la idea de que la autoridad y la educación
necesitan ir siempre de la mano. Es imprescindible frenar cuanto antes
la ola de violencia escolar, y lograr que el maestro y el profesor
recuperen el rol y la autoridad que tradicionalmente se les ha
reconocido frente al alumnado. Para lograr ese objetivo, es fundamental
la intervención de los padres de los alumnos, que tienen el deber moral
de apoyar a los docentes. Muchas veces, los padres incurren en el
gravísimo error de respaldar a sus hijos y enfrentar a los maestros,
con lo cual contribuyen a deteriorar aún más la autoridad de quien está
al frente de un aula. Un espectáculo que debe desaparecer para siempre
de nuestro sistema de costumbres es el que brindan aquellos padres y
aquellas madres que se hacen presentes en la escuela para "defender" a
su hijo cuando el docente le ha puesto una mala nota o le ha aplicado
una sanción.
Por supuesto, no es una tarea privativa de un determinado sector
social. Recomponer la autoridad del maestro es responsabilidad de
todos. La escuela no es -no debe ser- un mundo aparte. En un país
habituado a no respetar las leyes, a no acatar las normas de tránsito,
a que los poderes públicos se enfrenten unos con otros y vulneren y
avasallen sus respectivas esferas de competencia, no puede sorprender
que el aula tienda a convertirse también en una tierra de nadie. La
tendencia generalizada a la anomia no podía dejar de extenderse al
ámbito escolar.
Si somos capaces de restablecer el principio de autoridad desde sus
raíces, desde lo más profundo de su entraña moral, habrá república en
la Argentina. Y habrá maestros con la autoridad necesaria para que la
escuela sea, en sí misma, un espejo en el que cada argentino aprenda a
reconocerse como el custodio de su propia dignidad y de la dignidad de
los otros.
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