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Función social del deporte escolar. Versión Imprimible Printer Friendly Page
El entrenador del deporte escolar



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Resumen
 Una de las manifestaciones del deporte contemporáneo que más interés suscita desde el punto de vista educativo debería ser el deporte escolar. El deporte, como actividad extraescolar, debe cumplir una función social, preventiva, educativa y socializadora. Para que ello sea posible, el entrenador, como agente fundamental en el logro de esas funciones, debe tener un perfil y formación coherente con la labor que va a desempeñar y la población a la que van a ir dirigidas sus enseñanzas. Además, como docente que interviene en un proceso educativo, debe ser consciente de su capacidad para transmitir de forma intencionada o no, actitudes y valores en sus jugadores. No es posible concebir una educación neutra en relación a la transmisión de valores.
 Como mostraremos, según los resultados de nuestro estudio, los entrenadores no cuentan con un perfil acorde con la responsabilidad de sus funciones dentro del deporte escolar. Si queremos un modelo renovado de deporte escolar, es preciso comenzar por plantearnos estrategias encaminadas, entre otros aspectos, al aumento de formación de los entrenadores.
Palabras clave: Deporte escolar. Entrenador. Perfil profesional.


1. Introducción
     El deporte, puede ser considerado en los albores del siglo XXI como universal cultural. La práctica de alguna de sus manifestaciones, como es el caso del deporte escolar, aparece por lo general asociada a valores y actitudes como la cooperación, el diálogo, el respeto, la responsabilidad, la sinceridad o la creatividad. Este es argumento suficiente para que la práctica deportiva goce de presencia destacable en muchas de las actividades que se desarrollan con el objetivo de contribuir al proceso educativo de los jóvenes.
     A través de la praxis físico - deportiva, tenemos la posibilidad de reproducir implícitamente valores de la sociedad en la que vivimos, por ejemplo, podemos promover una educación de la conciencia colectiva, la participación y la convivencia pacífica. Pero además, otra de las posibilidades educativas del deporte, es el desarrollo e interiorización de hábitos saludables e higiénicos o hábitos de relación social.
    Por lo descrito en el párrafo anterior, estamos convencidos que la práctica de un modelo de deporte escolar educativo y formativo, puede favorecer el proceso educativo de los niños en edad escolar y no quedar relegado, como en la actualidad a una actividad secundaria. Para que esto sea posible, es imprescindible que los entrenadores del deporte escolar se encuentren estrechamente vinculados al ámbito educativo y de manera específica, a los maestros y profesores de educación física.
     Además, desde nuestro punto de vista, las instituciones públicas han implantado un modelo organizativo de deporte escolar con dos objetivos principales: congregar al mayor número posible de niños como participantes y establecer una competición deportiva para saber quién es el vencedor. Sus intenciones educativas se circunscriben a la redacción de principios o decálogos del deporte escolar, que en la mayoría de los casos, tanto los entrenadores como los jugadores desconocen. La propuesta deportiva se fundamenta en la reproducción de un único modelo, el deporte competitivo de adultos. Este hecho no contribuye al proceso educativo en el que se encuentran inmersos los jugadores ya que se antepone a la educación otro valor: la competitividad. Pese a que consideramos la competición una característica esencial en el deporte, no creemos que deba potenciarse un modelo de deporte escolar que gire alrededor de dicho concepto.
     Dos de los planteamientos sobre los que se asienta la defensa de relacionar la práctica deportiva juvenil con la continua rivalidad son entender que la competición produce excelencia y distinguir al deporte como medio de preparación para la vida (R. O. Contreras, 1998). Estos argumentos nos llevarían a considerar que la vida es una continua pugna con el resto de los individuos que nos rodean y que sólo lo más preparados, los más aptos, pueden disfrutar del éxito.
     Los argumentos esgrimidos para hacer la defensa de estos planteamientos citados en torno a la correspondencia de la práctica de actividad física y deportiva con la competición, olvidan los efectos negativos que conlleva la actividad mediatizada por la búsqueda del resultado, es decir, enfocar todas las acciones hacia el objetivo final, sin incidir en el proceso y los procedimientos empleados para su consecución. Entre éstos destacaríamos: utilizar el engaño para hacer participar a jugadores con diferentes edades, propiciar el aislamiento de aquellos jugadores menos capacitados técnica y físicamente, posibilitar relaciones de enemistad basadas en el establecimiento de desigualdades entre los miembros del equipo, así como, generar en muchas ocasiones situaciones de frustración y de inseguridad por establecer objetivos irrealizables y con los que el niño o la niña no se sentían identificados o no estaban motivados; muchos de esos objetivos son planteados para complacer voluntades de otras personas, normalmente un adulto, como puede ser el padre o la madre, el profesor o el entrenador.
     Como conclusión de este apartado, señalaremos que no siempre la práctica de actividad físico - deportiva conlleva efectos positivos en cuanto a transmisión de valores. Desde este punto de vista, es fundamental tener en cuenta la función del entrenador como responsable y experto educativo y no solamente como transmisor de técnicas y tácticas, así como las actividades a utilizar en el proceso de enseñanza - aprendizaje. Nosotros apostamos por la función educativa del Deporte Escolar entendiendo que esta actividad puede, todavía, situarse al margen de la obsesión competitiva. La competición debe ser un medio y nunca el objetivo final.

2. La función educativa del deporte escolar: el entrenador como protagonista
     ¿El deporte escolar es educativo?. Para nosotros, el deporte no es educativo si nos limitamos a enseñar aspectos técnicos y tácticos con el objetivo de crear “campeones” y ganar el mayor número de competiciones posibles; o al menos, no es tan educativo como podría ser ya que el aprendizaje y desarrollo de patrones motores o estratégicos es sólo una parte de lo que debería implicar la práctica deportiva en las edades tempranas.
     La función educativa del deporte debería implicar además de la enseñanza de técnicas y el desarrollo de las cualidades físicas de los alumnos, la transmisión de hábitos, valores y actitudes. Llegados a este punto, el problema principal que se nos presenta es ¿qué hábitos, valores y actitudes debemos transmitir a los jugadores?. Y seguidamente ¿cómo hacerlo?.
     A continuación exponemos una relación de valores o actitudes que pueden ser trabajados a través del deporte escolar:
  • El deporte puede ser un instrumento que contribuya a la adquisición de habilidades sociales en los individuos. Sin embargo, debemos ser críticos con la idea de pensar que la práctica deportiva centrada en la dicotomía de ganar o perder puede ser socializadora. En nuestro estudio, a través de observaciones realizadas en diferentes encuentros de competición durante los Juegos Escolares, observamos como en numerosas ocasiones los entrenadores no dejaron participar a todos los niños y niñas que convocaron para el partido. Esta sensación de exclusión que vive el niño puede contribuir de forma decisiva a generar problemas de autoestima y de relaciones con el resto del grupo. La mejor forma de asegurar la participación de los jugadores es, como de hecho se recoge en algunos reglamentos deportivos adaptados, recoger en las normas la obligación de participación.  
  • El deporte será un correcto medio de socialización cuando pueda ser practicado por todos los niños y niñas que así lo deseen y no sean excluidos por razones de aptitud física ni motriz. Es necesario actuar para modificar determinados aspectos de la practica deportiva y así recuperar el auténtico deporte preventivo y socializador. Nuestra propuesta pasa por desechar la edad y el sexo como únicos criterios para la organización de las competiciones.  
  • Los educadores, deben favorecer aspectos que repercuten en las habilidades sociales mediante conductas que faciliten las relaciones entre los participantes, fundamentalmente propiciando acciones de solidaridad y tolerancia. Nos referimos a un contexto educativo o escolar en el que lo que debe predominar es la formación integral del niño y no otros aspectos que pueden desarrollarse en etapas posteriores.  
  • Respeto a la norma, el árbitro y los contrarios. Si el educador con su actitud asegura que las normas son claras y concretas para que los jugadores reconozcan con precisión el cumplimiento de éstas, y además, es sincero con los niños que tiene bajo su responsabilidad para de esta forma evitar que los individuos disfracen su comportamiento para agradarlo, será mejor que cuando, por ejemplo, se falsifica la edad de los deportistas para conseguir que participen en una categoría superior o inferior a la que les corresponde.  
  • El diálogo como capacidad básica de todo ser humano y fuente de resolución de conflictos sociales requiere también de un aprendizaje. Para el diálogo efectivo y que contribuya a la mejora de la educación integral de las personas es necesario una pauta fundamental, la serenidad, el sosiego y la tolerancia. Desgraciadamente no siempre es éste el ambiente que rodea a una competición deportiva en categorías, por ejemplo, de infantiles o cadetes. La “obsesión competitiva” que existe provoca efectos contrarios a los mencionados como son la excitación, el apasionamiento o la alteración.  
  • Probablemente sin justicia son falsas otras voluntades como las de ser tolerante. Es imprescindible enseñar a los jóvenes deportistas a respetar las normas o reglamentos de forma justa y ecuánime. En la edad escolar, donde el entrenador se constituye en árbitro de situaciones problemáticas, la existencia de tareas en las que sean los propios alumnos los que tengan que conocer y hacer cumplir las normas del juego son elementos con una riqueza educativa intrínseca.  
  • Una sociedad tan competitiva como la actual dificulta significativamente la enseñanza de pautas de cooperación. Es una contradicción, y por tanto un aspecto negativo, para forjar este valor con el deporte que se ha convertido en un paradigma de la competición. Sin embargo, a través del deporte se fomenta la cooperación y podemos darnos cuenta de la necesidad que tenemos de los demás para resolver determinadas situaciones o tareas. También para conseguir transmitir a nuestros deportistas la cooperación a través del deporte podemos estimular la comunicación y la coordinación del grupo al que estamos dirigiendo. Otro aspecto importante, y que en el deporte de iniciación es necesario tener presente, es que las diferencias que existen entre los miembros del grupo no deben ser un obstáculo para la convivencia. Los entrenadores deben fomentar la integración y nunca la exclusión y esto ocurre cuando seleccionamos constantemente a los “mejores” para “ganar” el partido del fin de semana.  
  • Por último, compartir es una forma de participar con otros en una actividad. El deporte proporciona esta participación, pero como mencionamos anteriormente el estilo de vida de la sociedad contemporánea inmersa en la competitividad y en el hecho de alcanzar retos inigualables, en muchas ocasiones desvía la educación de hábitos en los que se acepten a las personas tal y como son y cooperemos en actividades concretas, y además, admitamos la cooperación de otros.  
         La socialización a través del deporte es una tarea que no siempre se ejerce porque el modelo competitivo es el que impera en todos los niveles, incluso en el Deporte Escolar tal y como venimos observando durante años. Por tanto, es necesaria una reforma y sobre todo tener conciencia de que el camino seguido, en muchas ocasiones, no es el correcto para conseguir los efectos sobre nuestros jóvenes deportistas, de un deporte que intervenga en la formación integral de la persona.  




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